
sábado, 20 de diciembre de 2008
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Romance para las doce menos cuarto (fragmento)

(Nochevieja en la prisión de Burgos)
Camaradas, a las doce,
todos los pulsos en hora.
Que suenen como campanas,
en una campana sola.
Que fundan los corazones
en un corazón y todas
las ramas del pulso sean
árbol de luz en las sombras.
Amigos, todos en pie:
sombre las montañas rojas
de nuestra sangre sin yugos
la voz erguida en la boca.
Si alguno siente que tiene
las alas del pulso rotas
¡que las componga!, a las doce,
todos los pulsos en hora.
Camaradas, a las doce,
todos los pulsos en hora.
Que suenen como campanas,
en una campana sola.
Que fundan los corazones
en un corazón y todas
las ramas del pulso sean
árbol de luz en las sombras.
Amigos, todos en pie:
sombre las montañas rojas
de nuestra sangre sin yugos
la voz erguida en la boca.
Si alguno siente que tiene
las alas del pulso rotas
¡que las componga!, a las doce,
todos los pulsos en hora.
----------------------
(...)
Noy hay tromba
de paredones, ni balas,
ni relojes, no habrá sogas
capaces de hacernos bueyes:
¡Nuestro cuello no se dobla!
Miradnos aquí, miradnos,
mientras los muros sollozan,
cruzar el año cantando,
rompiendo "noche española",
acariciando los hombros
de un crepúsculo sin costa.
Miradnos aquí, miradnos,
mientras los muros sollozan,
¡Siempre de pie!, sin rodillas,
como encinares de gloria.
¡Camaradas, a las doce,
todos los pulsos en hora!
de paredones, ni balas,
ni relojes, no habrá sogas
capaces de hacernos bueyes:
¡Nuestro cuello no se dobla!
Miradnos aquí, miradnos,
mientras los muros sollozan,
cruzar el año cantando,
rompiendo "noche española",
acariciando los hombros
de un crepúsculo sin costa.
Miradnos aquí, miradnos,
mientras los muros sollozan,
¡Siempre de pie!, sin rodillas,
como encinares de gloria.
¡Camaradas, a las doce,
todos los pulsos en hora!
viernes, 9 de mayo de 2008
Alma no llores
jueves, 8 de mayo de 2008
Yo denuncio

Yo no pido clemencia. Yo no pido
con un hilo de voz descolorida
perdón para la vida que me deben.
Odio la voz delgada que se postra
y el corazón que llora de rodillas
y esas frentes vertidas en el polvo,
hecha añicos la luz del pensamiento.
Yo no pido clemencia. Yo no junto
las manos temblorosas en un ruego.
Arden voces de orgullo en mi palabra
cuando exigen -sin llanto- que las puertas
de la venganza oscura se derriben
y a los hombres descueguen de sus cruces.
Yo no pido clemencia. Yo denuncio
al dictador cádaver que gobierna
la vida de los hombres con un hacha
y ahora quiere dejar para escarmiento
mi cabeza cortada en una pica.
Yo no pido clemencia.
Doy banderas.
Paso de mano el golpeado
corazón de mi pueblo prisionero.
miércoles, 7 de mayo de 2008
Canto absoluto a la libertad

A JLG.
Su herida golpead de vez en cuando;
no dejadla jamás que cicatrice.
Que arroje sangre fresca su dolor
y eterno viva en su raíz el llanto.
Si se arranca a volar, gritadle a voces
su culpa: ¡ que recuerde!
Arrojadle pellas de barro oscuro al rostro.
Si en su palabra crecen las flores nuevamente,
pisad su savia roja
hasta que nazcan lívidas, como manos de muerto.
Talad: que no descuelle
su corazón de música oprimida.
Porque esa es vuestra ley, tan extraña a la mía:
si un río se alza para hablar con la luna,
ponedle un dique oscuro.
Si una estrella olvidando su distancia se mece
en los agraces labios de un muchacho,
denunciadla a los astros.
Cuando un corzo se beba la libertad y el bosque,
atadlo como a un perro.
Si hay algún pez que aprende a vivir sin el agua,
negadle orilla y tierra.
Si el alba se deslumbra con claridad ajada,
poned las hojas verdes de la noche en sus ojos.
Si hay un hombre que tiene
el corazón de viento,
llenádselo de piedras
y hundidle la rodilla sobre el pecho.
Su herida golpead de vez en cuando;
no dejadla jamás que cicatrice.
Que arroje sangre fresca su dolor
y eterno viva en su raíz el llanto.
Si se arranca a volar, gritadle a voces
su culpa: ¡ que recuerde!
Arrojadle pellas de barro oscuro al rostro.
Si en su palabra crecen las flores nuevamente,
pisad su savia roja
hasta que nazcan lívidas, como manos de muerto.
Talad: que no descuelle
su corazón de música oprimida.
Porque esa es vuestra ley, tan extraña a la mía:
si un río se alza para hablar con la luna,
ponedle un dique oscuro.
Si una estrella olvidando su distancia se mece
en los agraces labios de un muchacho,
denunciadla a los astros.
Cuando un corzo se beba la libertad y el bosque,
atadlo como a un perro.
Si hay algún pez que aprende a vivir sin el agua,
negadle orilla y tierra.
Si el alba se deslumbra con claridad ajada,
poned las hojas verdes de la noche en sus ojos.
Si hay un hombre que tiene
el corazón de viento,
llenádselo de piedras
y hundidle la rodilla sobre el pecho.
Ocaso grana

Quisiera conservar todas mis hojas,
sin esa desnudez fría en las ramas
del hielo y del invierno.
Ser viejo, un árbol viejo. Está Bien.
Pero ver todas mis hojas canas,
como el árbol que queda por la escarcha
y la luna cubierta de plata.
O cubierto en los oros
que el sol retiene con espaciosa calma
en las cimas azules de esas tardes de otoño,
un rescoldo de sueños, que en dormidos espejos
se mueren reclinadas.
Así mi atardecer quisiera…
No importa que la trama de mis huesos
transluzca sus pálidos encajes
si es mi corazón roja rama que canta
la alegría de todos.
Si en mi mano florece la cayada
que cortaron mis hijos,
de un fresno encendido por las luces del Alba.
Si curando al viento mis banderas heridas,
voy caminante, río abajo, hacia la mar ancha,
con mis deberes hechos y bajo lunas castas,
noble y tranquilo hasta la gran orilla
donde espera, entre hierbas, amarrada mi barca….
A los católicos

Sí, lo comprendo.
Tú llevas una cruz sobre tu pecho,
tú rezas con fervor todos los días,
no esperas tu cosecha en este mundo:
hay ángeles que siegan con sus alas
las azules espigas de tus sueños.
Esta bien.
Pero tu corazón ¿no está conmigo,
con su raíz en tierra inevitable?
Necesitas tu pan de cada día,
los pájaros, los árboles, el agua
y el aire que respiras.
Ven tus ojos paisajes
(cómo van a evitarlo si están vivos)
que dan pena o canción a tu mirada.
No lograrás cegarte,
ni huirte a una ladera solitaria,
ni enmudecer el grito de los hombres.
El amor sabe a incienso y es humano.
Mi madre era "Ana Santa",
un puñado de carne consumida,
arrebujada y sola en el silencio,
que murió de rodillas -me contaron-
crucificada sobre un leño de llanto,
con mi nombre de hijo entre sus labios
pidiendo a Dios el fin de mis cadenas.
Hoy hay madres que rezan todavía
-miles de corazones prosternados-
por sus hijos heridos en las sombras.
Y otras que lucha, golpean
las puertas de la tierra,
exigen a los hombres la muerte de los muros.
Escúchame, quienquiera que tú seas,
si es que el amor a Dios el alma te ilumina,
no puedes de este mundo así marcharte,
emprender la gran senda con las manos vacías,
llegar ante las puertas de Dios, que tu fe sueña
existen bajo el Arco del Eterno Cobijo
para decir: Señor, no traigo nada,
dame un puesto al amor de tu lumbre divina.
Porque el Señor, tu Dios, contestaría:
"vete, rompe tus pies por los bermejos hielos infinitos,
apóyate en la vara nudosa de tus odios,
serás un caminante para siempre, si no hallas
la palma del amor que no quisiste
tomar del árbol que plantó mi sangre".
Tú llevas una cruz sobre tu pecho,
tú rezas con fervor todos los días,
no esperas tu cosecha en este mundo:
hay ángeles que siegan con sus alas
las azules espigas de tus sueños.
Esta bien.
Pero tu corazón ¿no está conmigo,
con su raíz en tierra inevitable?
Necesitas tu pan de cada día,
los pájaros, los árboles, el agua
y el aire que respiras.
Ven tus ojos paisajes
(cómo van a evitarlo si están vivos)
que dan pena o canción a tu mirada.
No lograrás cegarte,
ni huirte a una ladera solitaria,
ni enmudecer el grito de los hombres.
El amor sabe a incienso y es humano.
Mi madre era "Ana Santa",
un puñado de carne consumida,
arrebujada y sola en el silencio,
que murió de rodillas -me contaron-
crucificada sobre un leño de llanto,
con mi nombre de hijo entre sus labios
pidiendo a Dios el fin de mis cadenas.
Hoy hay madres que rezan todavía
-miles de corazones prosternados-
por sus hijos heridos en las sombras.
Y otras que lucha, golpean
las puertas de la tierra,
exigen a los hombres la muerte de los muros.
Escúchame, quienquiera que tú seas,
si es que el amor a Dios el alma te ilumina,
no puedes de este mundo así marcharte,
emprender la gran senda con las manos vacías,
llegar ante las puertas de Dios, que tu fe sueña
existen bajo el Arco del Eterno Cobijo
para decir: Señor, no traigo nada,
dame un puesto al amor de tu lumbre divina.
Porque el Señor, tu Dios, contestaría:
"vete, rompe tus pies por los bermejos hielos infinitos,
apóyate en la vara nudosa de tus odios,
serás un caminante para siempre, si no hallas
la palma del amor que no quisiste
tomar del árbol que plantó mi sangre".
martes, 6 de mayo de 2008
A España

Como un mar imponente, en oleadas,
suben hasta mi herida fosa oscura
el clamor de tu gente, esa hermosura
de luminosas lenguas desatadas.
Mi voz quiere ir contigo, España. Es dura
esta mudez impuesta por espadas.
Duras son las palabras sepultadas
bajo el silencio alzado en dictadura.
Mira mis manos: crujen contra el muro,
en busca de una luz, de una ventana,
llagas de sombra y de dolor oscuro.
Y oye mi corazón -roja campana-
sonar contra las piedras, ya maduro
de esperar en mi pena tu mañana.
suben hasta mi herida fosa oscura
el clamor de tu gente, esa hermosura
de luminosas lenguas desatadas.
Mi voz quiere ir contigo, España. Es dura
esta mudez impuesta por espadas.
Duras son las palabras sepultadas
bajo el silencio alzado en dictadura.
Mira mis manos: crujen contra el muro,
en busca de una luz, de una ventana,
llagas de sombra y de dolor oscuro.
Y oye mi corazón -roja campana-
sonar contra las piedras, ya maduro
de esperar en mi pena tu mañana.
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